“De la Conmemoración del Día de las Mujeres Trabajadoras al Paro Reflexivo”

“De la Conmemoración del Día de las Mujeres Trabajadoras al Paro Reflexivo”

 

La historia nos enseña que es necesaria una revolución que altere radicalmente

las relaciones socio-económicas, para extirpar la causa de las desigualdades

y obtener una plena emancipación de nuestro sexo. Este es el fin

prometido por el programa socialista por el que nosotras luchamos”. (Evelyn Reed)

 

         Antes de entrar de plano en la reflexión sobre la problemática sociocultural que conlleva la violencia simbólica y física que ejercen algunos sujetos sobre las mujeres, dentro del marco de relaciones de un sistema patriarcal neoconservador no menos violento en su expresión estructural, se hace necesario contextualizar y describir brevemente la situación de las mujeres trabajadoras en el Chile actual, con la integración de elementos tomados desde “el olvidado” sentido del Día de las Mujeres Trabajadoras, en virtud de profundizar la discusión. Veamos sus aspectos:

 

    La situación en que se encuentran hoy las trabajadoras –con y sin trabajo remunerado- es resultado de todo un proceso histórico que ha mantenido subsumida en condiciones de precariedad a la mujer, no tan solo en sus espacios laborales sino que también en sus hogares. En este sentido, “En casi 8 años se han creado 1.508.272 nuevos empleos en Chile. De ellos, 837.455 fueron ocupados por mujeres. Sin embargo el 61,5% corresponden a Empleo Tercerizado (subcontrato y suministro), Cuenta Propia mayoritariamente de baja calificación y pocas horas; y empleo Familiar no Remunerado”.[1]

 

    En este tipo de empleo precario y volátil, las mujeres además cuentan con escasa posibilidad de sindicalizarse, puesto que han sido lanzadas a trabajar solas a la calle, o en pequeños grupos mandadas a manufacturar en talleres improvisados muchas veces en los mismos hogares, como por ejemplo las mujeres que trabajan para la empresa virutex; otras son subcontratadas principalmente por empresas de sector servicios; otras con sus carritos de sopaipillas en las esquinas o vendiendo ensaladas, etc. Y no nos podemos olvidar de las que trabajan en casa, como “asesoras del hogar”, sin recibir remuneración alguna, en una suerte de servidumbre moderna.

         Con respecto al trabajo no remunerado, la realidad de la mujer dista mucho de la del hombre:

 

    “en promedio, las mujeres destinan 3 horas diarias más que los hombres a actividades de trabajo no remunerado: Mientras los hombres destinan en promedio 2,74 horas al día a tareas en el hogar, las mujeres destina 5,89 horas al trabajo doméstico, cuidados a integrantes del hogar (principalmente niños y adultos mayores), trabajo no remunerado para otros hogares, actividades en la comunidad y voluntariado.”[2] Esto habla de un modelo de sociedad basado en una división sexual del trabajo que instala a la mujer como una suerte de pilar invisible para sostener los procesos de acumulación de riqueza que operan, complementariamente, tanto fuera como dentro del hogar.

 

    El trabajo no remunerado también lo viven muchas mujeres que después de trabajar en sus respectivos empleos, tienen que llegar a trabajar a sus casas, apareciendo acá la llamada “doble jornada”, que en definitiva, bajo estas condiciones, impide que las mujeres tengan tiempo libre para leer, ir al cine, hacer deporte o hacer política. Porque bien sabe la Elite dominante que la mujer cuando se organiza políticamente para luchar por los derechos de su clase es igual o más “puntuda” que nosotros los hombres. La historia así lo demuestra.

 

    En relación a lo anterior, una de las “contradicciones” características del sistema capitalismo y del actual neoliberalismo, es que por un lado requieren que más mujeres se incorporen al mercado del trabajo, bajo la consigna de la “igualdad de género” y la libertad de elección, pero paralelamente, les demandan que su trabajo reproductivo, que no tiene remuneración, no se detenga, ya que funciona como una suerte de aceite para el funcionamiento del sistema. Pues como dice el economista Marco Kremerman, “la fuerza de trabajo necesita alimentarse, tener la ropa lavada, la vivienda limpia, y tener cubierto el cuidado de niños y adultos mayores para poder acudir día a día a la oficina, a la fábrica, o al call center.” [3]

 

    En este sentido, la diferencia entre capitalismo y neoliberalismo, es que en el primero a la mujer se la requirió aglomerada en amplias fábricas de todo tipo, textiles, calzado, maquinarias, etc., espacios de producción común que en su momento les permitió, a fuerza de lucha y organización, sindicalizarse. Hoy, el neoliberalismo las atomiza cada vez más, las dispersa, las tira a la calle, les quita la condición de asalariadas directa y las subcontrata; les instala además la visión del “emprendimiento”, del trabajo por cuenta propia o el autoempleo, lo cual en la práctica no es más que un mecanismo de auto-explotación y subsistencia que contribuye a evitar que muchas mujeres se relacionen constantemente en la misma jornada de trabajo, que se percaten de sus necesidades, problemas e intereses comunes y que a partir de éstas se organicen como clase en beneficio de ellas y de sus compañeros que finalmente están sometidos a condiciones similares en muchos aspectos.

 

    Si los tipos de empleos en que hoy mayormente trabajan las mujeres chilenas son precarios, veamos entonces sus salarios:

 

    De acuerdo al estudio “Los verdaderos sueldos”, en base a datos entregados por la última Nueva Encuesta Suplementaria de Ingresos (NESI), vemos que “El 76,7% de las trabajadoras remuneradas en Chile tiene un sueldo bajo los $500.000 líquidos (versus un 64,2% de los hombres). Mientras el 12,1% de los hombres tienen un salario superior al $1.000.000, solamente un 6,7% de las mujeres tienen un sueldo superior a este monto.”[4] Este panorama se torna más miserable para el 42% de las trabajadoras remuneradas que ganan un sueldo igual o inferior a los $260.000 líquidos, o sea, un salario que no llega al sueldo mínimo y que por tanto las mantiene en la pobreza.

 

    Es en este marco condicionante que el pasado 8 de marzo, se conmemoró el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, donde no pocas personas, tanto en la marcha como en las redes sociales, demostraban, en sus expresiones y consignas, una ignorancia supina respecto al real significado y sentido de esta conmemoración. En vista de esto las palabras del sociólogo Mario Paz Montecinos vienen al caso:

 

    ....Mis disculpas compañeros y compañeras, pero Hoy conmemoramos el día Internacional de las trabajadoras, y NO de las mujeres en general, específicamente a que esta conmemoración tiene un objetivo central, cual es la lucha por los derechos laborales, como expresión de la lucha de clases. Hoy recordamos a todas las trabajadoras que entregaron su vida por una sociedad justa y solidaria, hoy recordamos la lucha inclaudicable de las trabajadoras por la construcción del socialismo.”

 

    Hoy es necesario aclarar esto, pues los medios de comunicación al servicio del patriarcado y la visión machista de la clase dominante, deforman, tergiversan y despolitizan esta conmemoración para borrar de la historia el heroico rol de las mujeres trabajadoras en la lucha por sus derechos y por los de su clase; una lucha que puso en cuestión las expresiones públicas y privadas del capitalismo como sistema de dominación, explotación y opresión, impuesto por una clase sobre otra. Por lo mismo, los grupos dominantes, en función de sus intereses, han tenido que someter a deformaciones y reducciones al feminismo para así contribuir ideológicamente a la despolitización y en consecuencia desorganización de las trabajadoras.

 

         Se imaginan que la clase dominante al conmemorar el día internacional de “Las Trabajadoras” reivindicara la construcción del socialismo, o que convocará a las trabajadoras a organizarse en sindicatos para de esta forma luchar por sus derechos, esto sería como realizar un suicidio consciente, por lo tanto, la clase dominante para evitar esta situación, debe deformar, tergiversar y despolitizar esta conmemoración para borrar de la historia el heroico rol de las mujeres trabajadoras en la lucha por sus derechos y por los de su clase.

 

    Como ya podemos apreciar, el patriarcado y, su manifestación práctica, el machismo, no está disociado de los procesos de concentración de la riqueza, usurpación de la tierra, apropiación del trabajo ajeno y explotación humana que realiza una minoría, enriquecida parasitariamente, en desmedro de una mayoría empobrecida activa e intencionalmente.

 

    El patriarcado ha tenido que someter, subyugar, oprimir y explotar a la mujer porque ésta representaba, en sociedades consideradas matriarcales, una organización social donde la riqueza era distribuida bajo una concepción de mundo colectiva, asociada a la protección solidaria que otorgaba la llamada, por nuestros pueblos originarios, “Madre tierra”, quien proveía a todos sus hijos, simbolizados éstos por la comunidad en su conjunto. La mujer madre en aquella organización social tenía un rol central de liderazgo político, autoridad moral, control de la propiedad y de la custodia de sus hijos.

 

    El proceso de término de la organización social sustentada en un régimen de propiedad colectiva de la tierra, derivado de procesos de apropiación de ésta, llevado a cabo por ciertos grupos sociales dominantes que a su vez fueron estableciendo una determinada división sexual del trabajo, fue un elemento determinante en los orígenes del patriarcado. En este sentido, la eliminación de sociedades consideradas matriarcales, a través de la subyugación de la mujer, es la expresión concreta del menoscabo a la figura que provee y asegura un conjunto de condiciones y recursos fundamentales para el desarrollo de todos sus hijos bajo un criterio de equidad, puesto que la mujer madre entiende que toda su prole, es decir, toda la sociedad, debe recibir las mismas oportunidades para su desarrollo, independiente de las diferencias en las cualidades individuales.

 

    Por lo tanto, el patriarcado y el machismo, no es más que la instalación forzosa de una visión ideológica, por parte de una minoría, que necesita restarle poder y oprimir a la mujer para consecutivamente poder oprimir, explotar y desposeer a los sujetos que están bajo su cuidado o alero benefactor, para así facilitar el paso histórico de la propiedad común de la madre tierra a lo que hoy conocemos como propiedad privada de la tierra, que es el origen de la acumulación y concentración de la riqueza, con la subsiguiente apropiación del trabajo realizado en ella y su producto.

 

    Finalmente, si queremos romper con el machismo y el patriarcado, usando como herramienta de lucha el feminismo, no debemos olvidar que esta postura política y social, que reivindica a la mujer como fuente de toda evolución y desarrollo humano, se levanta históricamente desde una propuesta de transformación estructural del modelo de dominación e injusticia social, proponiendo, desde sus inicios en las primeras organizaciones feministas de comienzos de siglo XX, el paso de una sociedad capitalista, que vende, denosta y se adueña de las mujeres y su trabajo, a una sociedad socialista que emancipa, posiciona y reconoce a la mujer y su trabajo.

 

    Bajo las actuales condiciones las expresiones de lucha que cuentan con la participación o conducción de mujeres se han diversificado, pero también se ha acentuado su carácter reivindicativo, hoy tenemos mujeres asumiendo la defensa de los territorios ancestrales, defendiendo los derechos reproductivos, dando la pelea por la defensa del agua, del medio ambiente o biodiversidad, de los recursos naturales, de los derechos humanos, etc. Es decir, siguen jugando un rol fundamental en la lucha por una sociedad del buen vivir, pero junto a sus compañeros no han logrado, al menos en Chile, cuajar una alternativa de sociedad que, postulando la transformación estructural de la sociedad, tome partido por un modelo de desarrollo, un tipo de sujeto, una forma de estructurar los espacios productivos que rompa con los paradigmas y convenciones tanto capitalistas como neoliberales, pues éstos terminan moldeando los espacios domésticos, nuestro tiempo de vida, las dinámicas familiares y laborales.

 

    Por lo tanto, ante las demandas que la contingencia feminista posiciona hoy, conviene destacar que la lucha por igual salario entre hombres y mujeres que realizan el mismo trabajo, por derechos reproductivos paritarios (posnatal, prenatal, requisitos para acceder a sala cuna no pagada en el espacio de trabajo), por el derecho al aborto libre y gratuito, por pensiones dignas, o la disputa por la penalización de la violencia psicológica y física hacia la mujer, corresponde sólo a una parte (no menor por supuesto) de la lucha estructural de fondo que envuelve a estas demandas reivindicativas, y que el movimiento feminista actual, sus estudiantes y trabajadoras, no debiera olvidar, cuál es, poner en cuestión la forma en que nos organizamos como sociedad, vale decir, cómo vivimos y queremos vivir. En otras palabras, trascender en algún momento la reivindicación, considerando por cierto las diferentes visiones ideológicas y políticas de los distintos feminismos existentes, de acuerdo a las necesidades e intereses de las mujeres de la clase trabajadora, para luego asistir a un proceso de transformación del modelo político, económico, social y cultural que nos merecemos como mujeres y hombres, artífices materiales y espirituales de todo lo que a nuestro alrededor vemos, con excepción de la naturaleza.

 

    Finalmente, es necesario asumir que el feminismo al cual algunas y algunos adherimos, al plantear la construcción de una sociedad socialista de base matrística, no sólo a las mujeres incumbe adoptarlo, sino que todos deberíamos luchar desde sus principios y fundamentos.

 

Mario Ramírez Flores

Militante de Los Hijos de Mafalda

“El Mayor Compromiso Con Nuestro Pueblo Es La organización.

Súmate Al Trabajo de Los Hijos de Mafalda”

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